El reloj de la abuela
En la sala de la vieja casa, el reloj de péndulo marcaba el paso de las horas con su tic-tac constante. Era el mismo reloj que había acompañado a la familia durante generaciones, colgado en la pared principal, justo encima del aparador de madera. Lucía, sentada en el sillón de su abuela, observaba cómo la aguja dorada avanzaba lentamente, recordando los días de su infancia. El tiempo parecía haberse detenido en ese lugar, donde los recuerdos flotaban en el aire como motas de polvo iluminadas por la luz que se colaba por la ventana.
Cuando era niña, Lucía corría por aquella sala, esquivando muebles y riendo a carcajadas. Su abuela la esperaba con galletas recién horneadas y un vaso de leche, y juntas se sentaban a la mesa redonda a conversar sobre la escuela, los amigos y los sueños de Lucía. El reloj era testigo silencioso de esas tardes interminables, cuando el tiempo parecía no tener prisa y la vida era sencilla, sin preocupaciones ni tristezas. Cada campanada era una invitación a seguir jugando, a seguir soñando.
Ahora, la casa estaba en silencio. La abuela se había ido hacía un año, y Lucía regresó para despedirse de la casa antes de venderla. Caminó por los pasillos, acariciando las paredes y deteniéndose en cada rincón, evocando recuerdos: el aroma a jazmín del jardín, el crujir de la madera bajo sus pies, la voz dulce de su abuela contándole historias al anochecer, la risa de los primos en las reuniones familiares. Todo parecía tan cercano y, a la vez, tan lejano.
Se sentó frente al reloj y lo observó. El péndulo seguía oscilando, ajeno a las ausencias y los cambios. Lucía pensó en cómo el tiempo transforma todo, llevándose personas, momentos y hasta los colores de las paredes. Sin embargo, el reloj seguía allí, marcando el ritmo de la vida, como si quisiera recordarle que, aunque todo cambie, algunas cosas permanecen. Recordó cuando su abuela le enseñó a darle cuerda al reloj, explicándole que era importante cuidarlo, porque era el corazón de la casa.
Decidió darle cuerda, como hacía su abuela cada mañana. Al hacerlo, sintió que, por un instante, el tiempo se detenía. Cerró los ojos y se dejó envolver por la nostalgia. Recordó la voz de su abuela: “El tiempo no se detiene, pero los recuerdos viven en nosotros”. Sintió una lágrima rodar por su mejilla, pero no era de tristeza, sino de gratitud por todo lo vivido. El reloj sonó con fuerza, llenando la sala de ecos familiares. Antes de irse, Lucía tomó el reloj. No podía dejarlo atrás. Era el último vínculo con su infancia, con la mujer que le enseñó a amar la vida, a valorar los pequeños momentos. Salió de la casa, llevándose el tic-tac en el corazón, sabiendo que, aunque el tiempo siga su curso, la nostalgia es el refugio donde los recuerdos nunca mueren. Prometió colocar el reloj en su propia casa, para que el sonido del péndulo la acompañara siempre y, tal vez, algún día, pudiera contárselo a sus propios hijos o nietos.
Mientras cerraba la puerta por última vez, Lucía miró hacia atrás y sonrió. Sabía que el paso del tiempo es inevitable, pero también que los recuerdos, alimentados por la nostalgia, pueden ser eternos. El reloj de la abuela seguiría marcando las horas, latiendo con cada segundo, como un puente invisible entre el pasado y el presente.
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